La verdad es que en nuestro país Álvaro Uribe Vélez es más que el Presidente de Colombia. Se ha convertido en un Mito. Y no uno de los mitos cosmogónicos de la creación de los chibchas o de cualquiera de las culturas precolombianas, sino un mito de los que se convierten en formas de vida, en la concepción a través de la cual todos los fenómenos que ocurren tienen un único punto de vista. Eso es Uribe, una forma de ver el mundo.
A tal punto hemos llegado a mitificar a nuestro Presidente que ya es él el único apto para gobernarnos, tiene razones que no entendemos pero que defendemos como si fueran propias y está tan sólo que es el elegido que tiene una mente superior. Desde que llegó a la Casa de Nariño ha logrado fortalecer su posición como único poseedor de las verdades, de los futuros de la Patria, de las esperanzas de un montón de personas. Eso es Uribe, es el salvador que muchos encontraron.
El problema es que Uribe no es más que “carnitas y huesitos”. Mejor dicho, es un tipo común y corriente, tanto como usted y como yo. Pero eso se nos ha olvidado, y con sus maratónicas jornadas lo terminamos viendo como ese colombiano que quisiéramos ser. Por eso a la larga le terminamos perdonando todo, y por eso existe ese estremecedor efecto teflón que se mantiene a pesar de los innumerables problemas.
Pero más allá de lo bueno o lo malo de la mistificación, lo grave es que Uribe terminó creyéndose un mito. Es pastor de rebaño, consejero matrimonial, notario y hasta filósofo. Con esa creencia terminó entrometiéndose en todos los aspectos de la vida de los colombianos hasta convertirse en un ser necesario, por el que se justificar quebrantar todo lo existente. Porque lo que importa es él.
Pero digamos que eso puede suceder. El drama es que nuestros candidatos presidenciales siguen en sus campañas tratando de enfrentar al las carnitas y a los huesitos o a las ideas que repite en todos los consejos comunitarios. Ninguno se ha sentado a pensar cómo se puede cambiar un mito, cómo hacer para que las amas de casa no lo quisiesen invitar a cenar o los abuelitos a compartir un tinto. Se han quedado todos en Álvaro Uribe, nunca en la forma como los colombianos terminaron asimilando su imagen. Así, no hay pero que valga, tendremos Uribe incluso si Uribe no quiere.
A tal punto hemos llegado a mitificar a nuestro Presidente que ya es él el único apto para gobernarnos, tiene razones que no entendemos pero que defendemos como si fueran propias y está tan sólo que es el elegido que tiene una mente superior. Desde que llegó a la Casa de Nariño ha logrado fortalecer su posición como único poseedor de las verdades, de los futuros de la Patria, de las esperanzas de un montón de personas. Eso es Uribe, es el salvador que muchos encontraron.
El problema es que Uribe no es más que “carnitas y huesitos”. Mejor dicho, es un tipo común y corriente, tanto como usted y como yo. Pero eso se nos ha olvidado, y con sus maratónicas jornadas lo terminamos viendo como ese colombiano que quisiéramos ser. Por eso a la larga le terminamos perdonando todo, y por eso existe ese estremecedor efecto teflón que se mantiene a pesar de los innumerables problemas.
Pero más allá de lo bueno o lo malo de la mistificación, lo grave es que Uribe terminó creyéndose un mito. Es pastor de rebaño, consejero matrimonial, notario y hasta filósofo. Con esa creencia terminó entrometiéndose en todos los aspectos de la vida de los colombianos hasta convertirse en un ser necesario, por el que se justificar quebrantar todo lo existente. Porque lo que importa es él.
Pero digamos que eso puede suceder. El drama es que nuestros candidatos presidenciales siguen en sus campañas tratando de enfrentar al las carnitas y a los huesitos o a las ideas que repite en todos los consejos comunitarios. Ninguno se ha sentado a pensar cómo se puede cambiar un mito, cómo hacer para que las amas de casa no lo quisiesen invitar a cenar o los abuelitos a compartir un tinto. Se han quedado todos en Álvaro Uribe, nunca en la forma como los colombianos terminaron asimilando su imagen. Así, no hay pero que valga, tendremos Uribe incluso si Uribe no quiere.
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