lunes, 19 de octubre de 2009

PASIONES

Nuestro país es un país de pasiones. Están las figuras sagradas, el fútbol, la política. En la mayoría de los casos los argumentos terminan siendo superados por las convicciones, por las cuestiones de fe, por la credulidad absoluta. Para nuestro país las verdades son indiscutibles, los héroes intocables y el futuro definido por el destino. Hace rato nos consideramos ajenos a la definición de nuestro destino, lo dejamos en manos de otros. De repente nos sentimos mejor cuando no asumimos nuestras responsabilidades.

Y se repite todos los días. Pasó con DMG, con el escándalo de Agro Ingreso Seguro, hasta con la selección de fútbol. De repente se vino el mundo encima. Nadie esperaba que la tragedia llegara de esa forma, empezamos a señalar culpables buscando evitar el sentimiento de culpa de cada uno. Y al final no hay nadie responsable, todos se lavan las manos, el mundo sigue y los colombianos seguimos creyendo.

El problema es que el final la decepción para un pueblo como el nuestro es mucho peor que nunca haber tenido la esperanza. El resultado de las pasiones en la política terminaron con la violencia en los años 50, en el Frente Nacional y en la apatía que hoy tenemos. Llegó lo mismo con las pirámides, vendrá con los subsidios, y los estamos viviendo con el fútbol. Al final será un poco de ira, luego resignación y al final apatía.

Nuestros modelos son tan rígidos que parecen cíclicos. Un día sentimos la pasión inmensa, al otro despertamos pensando en otra cosa, el siguiente odiamos, recuperamos el amor, y sigue el juego. El ejemplo es tan complejo que puede aplicarse a presidentes, alcaldes, técnicos, jugadores. Hasta con Juan Pablo Montoya.

El problema es colectivo. Viene de los hogares, de los colegios, de las clases de historia. Nos quedamos buscando modelos para seguir, eternamente buscando ir detrás de alguien. Esos son nuestros caudillos, nuestros mártires, hasta nuestros gobernantes. Son lo que no quisiéramos ser, porque es mucho más fácil seguir empujando.

Esa es la falta de liderazgo que tanto se pregona en el país, combinada con una extraña envidia. El líder no puede estar a nuestra altura, porque terminamos pensando que si yo nosotros no podemos, ellos tampoco. Es la verdad de nuestras pasiones. Esas mismas que las elecciones exacerban, las mismas que dominarán nuestro país durante los próximos 10 meses.

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