viernes, 21 de agosto de 2009

OTRO PROBLEMA DE PERCEPCIÓN

Aún no tengo claro si el problema es de percepción. Al leer los diarios lo único que un lector desprevenido puede llegar a pensar es que 44 millones de colombianos o somos tontos o somos tratados como tontos por nuestros dirigentes. De repente el asunto es que el sistema de salud está mal por culpa de los colombianos, que el futuro político de decenas de congresistas que no hacen nada está fundamentado en la recolección de firmas de los mismos colombianos o que los burgomaestres son buenos pero los habitantes de la ciudad que dirige no se han dado cuenta. La verdad es que parece que los únicos inteligentes son ellos.

Ya ni siquiera se puede hablar con un venezolano o un ecuatoriano porque creen que todos en este país somos uribistas; la culpa de la mitad de los problemas del país es ahora la Constitución de 1.991 y los desplazados terminan siendo los malos porque se asientan donde pueden asentarse. En decir, la culpa es de todos, de los colombianos, de los uribistas o los antiuribistas, de la Constitución, de los desplazados, de los ciudadanos, de los enfermos, hasta de los hinchas de fútbol. Nunca es culpa de las autoridades, nunca el gobierno tiene alguito que ver. Los tontos de repente, sí terminamos siendo nosotros.

Pero digamos, como suele suceder cuando se habla de un problema medianamente serio, que no somos el único país que tiene el mismo problema y que a la larga no estamos tan mal. Que hay mecanismos de control que pueden defender a los ciudadanos así nunca los escuchen (porque no creo que un señor Personero reciba a muchos ciudadanos en su despacho), y que la democracia se traduce en la cesión de derechos para garantizar la estabilidad. Pero como estamos, parece que estamos cediendo hasta la inteligencia.

A la larga es sencillo: los cargos públicos, sobre todos los de elección popular, convierten a los elegidos en personas de otro mundo. Esa es quizá la razón por la que Uribe es una mente superior o por la cual el presidente del Polo hace lo que le da la gana. Gobierno y oposición se empoderan en el altar de la razón y nadie puede sacarlos de allí. Lástima que al final sigan pensando que todos somos tontos, aunque seamos nosotros los que hacemos que este país valga la pena.

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