En este país seguimos pensando en la política, aunque la ética se haya perdido en los sótanos del Congreso. Nos quedamos en discusiones sobre las implicaciones políticas de cualquier acción, en la resurrección de los partidos políticos para recuperar la política o en la reforma política para que no vuelvan los representantes de grupos al margen de la ley a legislar sobre los colombianos trabajadores. El problema sólo es que se nos olvidó hablar de ética y de principios en un país que parece ir todos los días un poco más hacia la cuneta.
Y no es moralismo religioso o hipocresía conservadora eso de recordar que de vez en cuando los principios deberían tener un peso mayor que los votos, o que la ética debería predominar en un representante en el que varios miles de colombianos que depositaron su confianza. Es más bien que parecemos tan perdidos entre los problemas, que una luz de sensatez no sobraría.
La verdad es que en este país hace rato se tomó por cierto que la política es más importante que la ética. No es un problema de Uribe, o de Pastrana o de Samper. Acá desde hace más de 50 años es más importante el partido político que la vida propia o ajena, un fajo de billetes que la preparación o las leyes, las amistades que los requisitos para un puesto. Hemos llegado incluso a dar por sentado que los congresistas, concejales y ediles son Honorables porque recibieron los votos, no porque se lo hayan ganado.
Lo más grave es que entre los candidatos de todas las corporaciones públicas aparece siempre la defensa de la ética y de los principios, aunque parezca que con firmar el contrato del cargo se olvidan las promesas en ese sentido. Siempre volvemos a lo mismo, en medio de la confianza rota que termina ahondando la diferencia entre la clase política y la gente de la calle. Entre la política y la ética.
La legislatura que empieza sigue cargada de lo mismo. La campaña que empezó viene llenita de lo mismo. El gobierno y la oposición siguen en las mismas. Y lo más peligroso es que hay muchos que siguen pensando que como pasa en todos los países, nosotros tenemos que seguir la tendencia. Al final parece que no va a haber cambios llegue quien llegue a la Casa de Nariño, o ¿será acaso que necesitamos un presidente como alguno de nuestros vecinos para que empecemos a pensar coherentemente?
domingo, 2 de agosto de 2009
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