Ya he mencionado en este espacio que creo que nuestra democracia tiene problemas. Esos problemas que se repiten año tras año, a los que siempre buscamos soluciones para por lo menos mitigarlos, pero que de alguna forma siempre terminan volviéndose más grandes. El clientelismo, los dineros mal habidos y la falta de compromiso con el país son constantes en la historia reciente de nuestra democracia. Sin embargo creo que ahora nos acercamos a esos extremos peligrosos que pocas veces tienen explicación.
Esta vez me refiero a las pretensiones del hermano de Murcia por llegar al Congreso de la República. Y aún más, a la posición del partido de juguete que está a punto de cambiarse el nombre y apoyarlo para la faena electoral. Es ese punto en el que la democracia posibilita legalizar lo ilegal; celebrar el delito.
Hay que reconocer que a David Murcia nadie lo ha condenado por nada, pero es claro que los negocios de la empresa no eran precisamente las ventas de electrodomésticos. Hoy se sabe que había mucho más que las tarjeticas detrás de un negocio redondo que nadie ha logrado explicar. Se sabe que las personas detrás de DMG cometieron delitos, y que por eso muchos están hoy en la cárcel.
Pero la gente en la calle que tenía sus pesos y sus esperanzas en la llamada “familia”, no entiende –ni quiere entender- de procesos legales o delitos relacionados con su empresa. Argumentan que la platica del llegaba cumplida, que nadie les faltó nunca.
Entonces un partido de garaje que deja más de un cuestionamiento por sus actuaciones, viene a decir que los representa para explotar la imagen de Robbin Hood criollo que personalizaba Murcia. Y nadie puede decirles que no. Y fijo el hermano llega, y todos los colombianos tendremos que pagarle el sueldo a un tipo que va a defender la causa de un delito, y además tendremos que seguir escuchando que no son una pirámide, que el yate se lo ganó con el sudor de la frente.
Pero así es nuestra democracia: la ética no existe, los partidos son sujetos electorales y no programáticos y el oportunismo es el verdadero motor de la clase política. A la larga creo que no hemos resuelto esos problemas porque no somos capaces de aceptar que el problema no es de los políticos, sino de cada uno de nosotros. Y supongo que ya tenemos suficientes problemas como para pensar en uno más.
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