Siempre he pensado que nos gusta eso de ser víctimas. Nos encanta decir que vivimos en medio de violencia, que la culpa de todo la tienen los grupos al margen de la ley y que siempre hay un quien al que le podemos delegar la responsabilidad de haber hecho o no haber hecho cualquier cosa para que estemos mejor. A la larga es como si nos gustara que nos miraran con lástima, en la comunidad internacional y en medio de las transmisiones de los noticieros. Sin embargo las verdaderas víctimas de la violencia permanecen y permanecerán en el olvido cómo bien lo demostró nuestro concejo de sabios del capitolio nacional.
Pero es necesario hacer dos precisiones. La Ley que se hundió no era la más idónea ni para el país ni para las víctimas, porque reparar por reparar a la larga termina siendo una nueva victimización de los involucrados y no hay presupuesto que alcance para tratar de expiar las culpas de tantos años de desidia.
Hablo de nueva victimización porque la plata que esperaban recibir se convierte en un botín para muchos abogados, porque terminará gastada sin necesidad y porque en este país tener dos pesos en el bolsillo es poner al dueño en peligro. Las propuestas nunca incluyeron cubrir las obligaciones básicas de los hogares como la educación de los hijos o las cuotas de la casa. Se quedaron en los millones aunque la plata no estuviera.
Por el otro lado, es claro que la plata no está. Son tantas las víctimas de tantos años de conflicto que la cifra que habría de manejarse en insoportable para un país que nunca ha dejado de estar en crisis. Tendrían que ser los presupuestos de hoy los que cubran más de 40 años de guerras y de excesos, mientras se esconden bajo el tapete los huecos que habrán de quedar en las cuentas.
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