martes, 2 de junio de 2009

UN PROBLEMA DE DEMOCRACIA

El problema parece ya estar descrito y se repite a diario en los noticieros y en los pasillos del Congreso de la República. Pase o no pase el referendo es claro que la democracia en este país se va a acabar. Algunos dicen que si no pasa se acaba porque el constituyente primerio es el pueblo, que firmó esperando una nueva reelección de Uribe y que nadie puede pasar por encima de él. Otros aseguran que si pasa se acaba todo el juego de pesos y contrapesos que ideó la Constitución de 1.991, permite la concentración de poder y termina en dictadura.

El problema entonces va más allá de la situación coyuntural, atraviesa ese extraño vericueto de la política con prefijos y más bien aterriza en el principio de los noventas cuando escribieron la Carta Magna que hoy tratamos de modificar o de defender, según sea el caso.

Y no es necesario detenernos en lo garantista que resultó siendo aunque no hubiese como sostenerla, o en la construcción discursiva del deber ser de un sistema político que llevaba años mostrando sus imperfecciones y al que nunca le encontramos soluciones ciertas, o al menos temporales. Basamos nuestro sistema político en un conjunto de esperanzas inciertas, que fueron –y han sido- hábilmente manipuladas según las necesidades de los padres de la patria.

El asunto llegó al extremo de tener que reglamentar, más de una década después, el sistema de bancadas y la reunión de los partidos porque no estaban funcionando. La esperanza necesitaba una refrendación, un espacio para volver a creer en esa constitución mancillada que no daba sus mejores resultados.

El problema hoy es el mismo. Todos abogan por el espíritu de la Constitución, con el anhelo de que sea ella quien responda a sus necesidades, pero no ellos al texto.

Entonces nos quedamos en un corto espacio de maniobra, en el que cada uno describe la visión de democracia que entiende luego de utilizar un médium que le define el espíritu de la Carta Magna. Dejamos en manos de la Corte la definición del Estado que tenemos, mientras mantenemos en suspenso los problemas reales del país.

De repente el problema no es que vayamos a terminar con la democracia. Puede ser más bien que tenemos que escribir una nueva constitución en la que la democracia sea un poco más que una repartición burocrática o una simple lucha de egos. Pero si alguien lo dice ahora seguro también las elecciones terminan dentro de la papeleta del referendo… ¡Vaya democracia!

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