Es posible que el verdadero problema que tiene nuestra democracia sea que terminamos democratizándola demasiado. La hermosa idea de que todos son elegidos y pueden elegir, se traduce en un movimiento continuo de personas no preparadas que desfilan para ocupar espacios desde los que se construye un país que no tienen en la cabeza. Después les pedimos que respondan por lo que hacen o dejan de hacer, suponiendo que estar allí les ha hecho capaces de ser políticos y razonables.
A la larga es como pedirle a un ingeniero agrario que se encargue de la salud de nuestros hijos o a la abogada de la familia que le enseñe de factorización a un grupo de estudiantes. Eso es lo que permite nuestra democracia, porque a pesar de las buenas intenciones de casi todos, hay que saber un par de cositas adicionales.
Es cierto que para ser alcalde de una población cualquiera no es suficiente tener un Magister en Harvard, pero tampoco lo es ser líder social en una población para lograr acumular papelitos en las urnas. Se requiere preparación para tomar decisiones, para armar equipos, para pensar un poco más allá de la plata de los contratos.
Pero volvamos al inicio. Nuestra democracia está tan democratizada que los partidos que la conforman no son democráticos, que se permite tutelar al presidente porque una decisión no se comparte, que las altas cortes terminan haciendo política aunque quieran dedicarse a revisar sentencias. Las carreras que deberían garantizar la especialización en labores dentro del Estado se dejan de lado por puestos de libre nombramiento, la meritocracia funciona cuando el sueldo ofrecido es de menos de 3 salarios mínimos, las UTL son mecanismos de inclusión familiar.
En este país y abrigados por nuestra Constitución garantista todo es válido, casi posmoderno. Pero la verdad es que seguimos siendo un pequeño feudo del que no sabemos nada, al que todos queremos gobernar para repartirnos el café y el petróleo.
De repente si asumimos que seguimos siendo el mismo país de hace un siglo, que necesitamos pensarnos y comprendernos en lugar de legislarnos, o que la idea no es ser alcalde o gobernador o presidente, sino ser líder; podremos hacer algo del país que a la larga va a quedar a nuestros hijos. Lástima que nos quedamos en defender una democracia que no hemos intentado perfeccionar, en la que las mayorías hasta siguen pidiendo reelecciones.
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