jueves, 28 de mayo de 2009

ESPERANZA

Este es un país de esperanza. La verdad parece que a la larga vivimos de esperanza. Vivimos esperando que se haga el milagro de tener una selección de fútbol que vuelva a un mundial, que la guerrilla desaparezca y de repente que los paramilitares cuenten toda la verdad. Siempre estamos esperando y como casi nunca se cumplen nuestras expectativas cada vez nos decepcionamos menos.

Esa esperanza es quizá la que nos hace ser tan felices, como lo han demostrado investigaciones como el Estudio Colombiano de Valores. Nuestras expectativas son cada vez más pequeñas, incluso muchas de las más importantes se cumplen en el día a día. Llegar sanos y salvos a la casa a pesar de la delincuencia, conseguir lo necesario para comer o pagar los servicios, llegar a tiempo a pesar de los trancones. Las metas son pequeñas, y por tanto, la sensación de bienestar o de felicidad se mantiene alta todos los días.

Sin embargo hay una parte trágica de esa esperanza que sentimos a diario. Nuestra historia nos ha llevado a esperar que las instituciones creadas, de repente cumplan su función. Esperamos que la justicia actúe, que la EPS nos dé el medicamento para estar mejor o que la policía haga algo con los delincuentes que siempre están en la misma esquina. La esperanza nos llevó a esperar cosas que deberían darse por sentadas, que deberían cumplirse por naturaleza.

Y es eso lo que estamos escuchando todos los días en las últimas semanas dentro de la alta política de nuestro país. Que la Corte Constitucional, que la Procuraduría, que el Congreso de le República. Que alguien haga lo que se supone que tiene que hacer. Pero no. Todos claman porque cumplan sus funciones y por lo general con posiciones completamente contrarias.

Lo que nos queda es simplemente la sensación de saber que quedaron tan bien hechas que ni siquiera estamos de acuerdo en lo que tienen que hacer. Las Cortes desaparecieron detrás de los magistrados, la procuraduría detrás del procurador y el Congreso detrás del 70% de los elegidos en los últimos comicios. La personalización no es sólo de Uribe, termina siendo en todos los cargos dentro del Estado.

Nos quedamos entonces con la esperanza. Que el que llegue pueda hacer lo que ninguno había hecho o que no prime su amor al Presidente sobre las funciones de su cargo. La esperanza de que hagan lo que tienen que hacer. Entonces, si hasta eso debemos esperar, ¿por qué no vamos a seguir siendo los más felices del mundo?

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