martes, 14 de abril de 2009

IDÓLATRAS

A este país le gustan los héroes, los ídolos. Esos que parece que cambian al mundo de un momento a otro, que rompen los paradigmas que nosotros mismos hemos inventado o que se diferencian de la mediocridad que consideramos es propia de un país como el nuestro. Quisiéramos siempre llegar a ser así, como nuestros ídolos, pero en lo posible sin que ello nos implique esforzarnos demasiado.

Entre esos ídolos están los que creamos con nuestros cantantes, nuestros deportistas y hasta nuestras reinas. Los elevamos entre nosotros hasta niveles infinitos mientras están en la cima de lo que hagan, pero si por alguna razón no son los primeros todo el tiempo, los desechamos aduciendo cualquier clase de barbaridades o invocando alguna clase de robo porque seguro era para nuestro pobre país del tercer mundo y no para el que lo ganó aunque haya sido justo ganador.

Pero el problema no es que los colombianos ya no queramos a Montoya o a Falla por su desempeño como deportistas. El problema es que eso se repite en los barrios, en las esquinas de todas las ciudades y no siempre por el mejor estudiante o el mejor deportista. La idolatría se dirige hacia el que consigue “billete”, el que compra los últimos “nike” o el que puede pagar la papeleta. Los ídolos se siguen por los resultados y en la mayor parte de los casos no importan los mecanismos que se utilizaron para llegar a conseguirlos.

Y somos tan consecuentes que en la política estamos siguiendo el mismo camino. Ahora idolatramos a Álvaros, Césares, y Carlos como si fueran la única respuesta a todos los problemas que siempre han existido, y siguen existiendo en nuestro país. Eliminamos las opciones diferentes y preferimos evitar los cambios para seguir sintiendo que están ahí, liderando lo que sea que lideren, para que nos arropen con sus mantos sagrados por los siglos de los siglos.

Terminamos siendo una sociedad más conservadora que el Papa, en la que todo debe seguir igual para seguir pensando que somos felices. Los gobiernistas y los opositores. Y los cantantes y los deportistas. Y supongo que también los niños en las esquinas que siguen al ampón mayor para ganarse el respeto de los más pequeños. Pero nuestro sistema sigue premiando los personalismos y no las ideas. Así que sólo me queda suponer que al final la frase terminará siendo la misma: “¡Carajo, nos robaron!”.

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