Aún estamos lejos de las elecciones para Congreso. Aún faltan las listas, las disputas dentro de los partidos y las figuras que habrán de competir por un honorable puesto en el Capitolio Nacional. Sin embargo es necesario empezar a hacernos una pregunta, ¿quién recogerá los miles de votos depositados a favor de los otrora padres de la patria, hoy presos por la parapolítica?
Es que no estamos hablando de un par de cientos de sufragios. Quizá la suma esté cercana al millón de votos y nadie ha revisado las influencias de los nuevos agricultores encarcelados en la picota. Es probable que muchos de esos votos no vayan a ser endosables, pero entonces habrán de surgir nuevos caciques que llenen los vacíos que dejaron los gamonalismos anteriores, nuevas campañas dudosas que terminarán de nuevo engalanando el parlamento nacional, sentidos golpes de pecho por la ineficacia de los órganos del Estado.
A esto hay que sumarle que los partidos se olvidaron de sus responsabilidades con los electores que depositaron una papeleta de confianza por ellos, no han dado respuesta por la falta de representatividad que surgió con las suplencias y siguen peleando por las migajas de los puestos burocráticos. Han mantenido un silencio cómplice, una hipocresía solapada que no parece modificarse dentro de las campañas que ya empiezan a movilizarse.
Y ese millón de votos permanece ahí, a la deriva de un sistema político que sigue premiando el intercambio de lechonas y aguardientes por el futuro de cuarenta y tantos millones de colombianos. Y ese millón de compatriotas sigue ahí, manteniendo la esperanza de recibir las tejas de zinc, o las bolsas de leche para la semana, sin importar el sujeto, la bandera o el programa, mientras seguimos exigiendo el fortalecimiento de los partidos para salvar a la patria.
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