Entiendo aquello del deber de los partidos de hacerse contar en las elecciones. Sin lugar a dudas hace parte de los imaginarios que deben mantenerse sobre la fortaleza e independencia de cada uno de ellos, en momentos de ofrecer opciones a sus seguidores o a aquellos que no han tomado una decisión en el momento de realizar el sufragio. Listo. Sin embargo aquello de hacerse contar por hacerse contar es peor que no haber aparecido nunca.
Pareciese ser el caso del Partido Conservador. No sólo por el lentejismo que se le atribuye en las calles, sino por una extraña estrategia de nombrar candidatos sin opciones reales de poder. Realizan una consulta interna que logra casi el millón y medio de sufragios, convirtiéndolos en el partido con mayor respaldo entre los colombianos, y a poco más de un año de las elecciones presidenciales aún no tienen claro si tendrán candidato propio o se quedarán con un par de ministerios.
Pero es más grave pensar en el sonajero de precandidatos que podrían llegar a lanzarse si no hay reelección del actual gobierno. Más allá de quedar en evidencia la falta de liderazgos dentro del partido, las opciones generan tan pocas esperanzas que a la larga pareciese mejor mantener los puesticos en el próximo periodo: Tres antiguos ministros cuyas carteras no deslumbraron, por decir lo menos, carentes de propuestas o mensajes nuevos que puedan no sólo recoger los frutos de Uribe, sino conseguir nuevos votantes.
Quizá la fuerza que decide no es más que el emblema publicitario de un partido con ansias de ministerios, donde pueden decidir la velocidad de cumplimiento de una orden. O de repente un bonito slogan para el club de parlamentarios en que se ha convertido el partido, esperando decidir entre los puestos que más convienen en el momento de la repartición burocrática. Pero es seguro que aquello de los anhelos de presidencia no es más que una pantomima que se queda en las ilusas cabezas de los actores.
El problema real del asunto es la imagen que termina por proyectar el partido. El ejemplo más claro es la pasada campaña a la Alcaldía Mayor de Bogotá, donde el partido apenas fue mencionado por 900 pesos. La historia puede repetirse, pero con consecuencias mucho más complejas en medio de un ambiente polarizado como el nuestro, y aún más para un partido que ha demostrado ser mucho menos que sus seguidores. Lo peor es que no parece que los otros partidos presenten situaciones diferentes.
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