viernes, 26 de septiembre de 2008

VERDADES

No faltarán las voces pidiendo condenas de cualquier tipo a Hugo Chávez luego del informe que Human Rights Watch presentó sobre la situación de los derechos humanos en Venezuela. Que vengan todos los estamentos del mundo a pedir que se castigue a tan cruel violador del los tratados internacionales, que se generen sanciones o exigencias para lograr que alguien salve al pueblo inmerso en la desdicha. Llegarán para descalificar, para llenar periódicos, para decir cosas malas de alguien que no seamos nosotros.


El asunto acá no es que Chávez sea un matón o un santo. Al final no es importante que alguien diga cosas sobre Chávez o sobre cualquier otro presidente del mundo. La situación se dirige a que tantas veces hemos criticado y repudiado los informes presentados sobre Colombia y el gobierno, que resulta poco creíble y defendible un informe similar sobre Venezuela. No importa que lo quieran o que no lo quieran. No importa que la gente hable cosas buenas o malas. Lo que es necesario evaluar es que estamos acostumbrados a manejar distintos niveles de racionalidad cuando el implicado es amigo o hace parte de los enemigos.


Hace años se escuchaba que los miserables conservadores –o liberales- arrasaron con un pueblo indefenso de nuestros partidarios, pero los nuestros se defendieron incendiando el pueblo de los mismos miserables; o que los guerrilleros –o paramilitares- utilizaron el narcotráfico para poder defenderse de los otros, pero los otros para enriquecerse; hoy se dice que tal congresista es asesino porque habló con asesinos, pero que yo en cambio hablé con algunos que se equivocaron en el camino pero que tenían buenas intenciones.


Estamos acostumbrados a convertir los discursos en definiciones vacías, a creerlos y a definirnos por ellos. Sólo creemos lo que queremos creer, satanizamos a los que no creen lo mismo y defendemos sin argumentos a aquellos que creyendo lo mismo que nosotros cometieron delitos, levantaron falsas acusaciones o dejaron de hacer algo para impedirlo.


Tratemos de no hacer de cualquier opinión una verdad según la conveniencia. No nos quedemos con las posiciones únicas, con los discursos convenientes o con las oposiciones extremas por las diferencias en las formas de pensar. Si hay algo que no funciona expresemos los disentimientos, pero no generalicemos a todo aquel que no parezca pensar igual que nosotros. No todos somos buenos y no todos son malos. Por lo menos ese sería un buen principio para lograr que alguna vez salgamos de eso que siempre alguien llama atolladero.

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