viernes, 26 de septiembre de 2008

PONGÁMONOS DE ACUERDO

Es claro que la verdad es un momento específico que depende de quien define qué está bien y qué está mal. Los “buenos” escogen el mecanismo para vencer a los “malos”, las instituciones se acomodan para respaldar las acciones de los “buenos”, y los “malos” se tienen que enfrentar al irremplazable peso de la Ley. Si esto lo entendemos, pongámonos de acuerdo y dejemos los discursos vacíos que recorren nuestra política y exacerban los ánimos sin razón. O los derechos humanos aplican igual para todos y los contactos con grupos insurgentes los han realizado todos los políticos para buscar soluciones o sencillamente enfrasquémonos en una guerra frontal que defina un ganador y así acabamos con la misma historia que no hace más que repetirse.


Nuestra sociedad evoluciona tras los pasos de un conjunto de derechos humanos que nos obligan a evitar la utilización de la violencia, pero debemos enfrentarnos a la violencia con las palabras bonitas consignadas en los tratados internacionales. Los políticos que denominamos de izquierda se escandalizan por reuniones con delincuentes, así como lo hicieron los que denominamos de derecha por la misma razón, se atacan y se defienden como si estuviesen en un juego de gatos y ratones.


Ahora la Corte se olvidó de hablar desde la ley para controlar a lo político, y lo político de respetar a la Ley para ejercer su poder. Vivimos en la paradoja de los “buenos” y “malos”, aunque al final todos hubiésemos hecho lo mismo en el lugar del otro. Todos estamos desarrollando discursos vacíos para defender decisiones, no posiciones. Para atacar las posiciones del contrario, no las decisiones. Se critica el fondo con la forma. Se defiende la forma y se olvida el fondo.


Parece que en estos momentos el deseo general es ver derrotado al contrario. Al Presidente y a sus ministros, a las Cortes, a los periodistas, a los Senadores, a los Investigadores, a los uribistas y a los antiuribistas. Por lo menos en la cárcel, porque no dan la talla de compartir la opinión de los “buenos” cualesquiera que sean, porque ponen en peligro “su” idea del país, porque no son capaces de comprender, porque piensan diferente.


Pongámonos de acuerdo. Si la idea es continuar en lo mismo, al menos salgamos a la calle a darnos golpes contra los otros, acabemos las ideas con la fuerza y después evaluamos los daños. Si la intención en convivir con la posibilidad de una contraparte, dejemos las ideas tontas de las banderas blancas, discutamos pensando sobre qué habría sido si estuviese la oposición en el gobierno o el gobierno en la oposición. Tratemos de ser sensatos, de argumentar y construir… No de matarnos sin balas.

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