Aquellos que ocupan los cargos de elección popular deberían ser las personas más admiradas de una sociedad. Son aquellas que llevan la voz de todos a las corporaciones públicas que son las encargadas de mantener de la mejor manera la vida de los ciudadanos de esa sociedad. Deberían ser el ejemplo de probidad, de trabajo, de entrega por una causa que dicen representar y por la cual además devengan un sueldo.
Sin embargo vivimos en una sociedad donde terminan siendo los más criticados. Donde se escuchan voces que exigen que al menos vayan a las sesiones para que no parezca que los impuestos son despilfarrados en sueldos improductivos, donde los escándalos administrativos salen cuando cualquiera busca, o cuando es evidente que en buen número se relacionaron con grupos al margen de la ley para llegar a la curul en el capitolio, o en el cabildo, o en el concejo.
Además de las conocidas irregularidades que se cuentan en las corporaciones públicas, que enlutan a cualquier administrador por descaradas y evitables, aparece aquello que podría llamarse desempeño, cumplimiento de las labores o satisfacción de los electores. El problema en torno a esto es que muchos de los elegidos entienden la posesión como la carta blanca para usufructuar las arcas del estado sin siquiera cumplir un horario, que muchas veces no empieza antes de las 9 de la mañana.
El significado del descalabro de las funciones de los elegidos por voto popular llega a cada uno de los votantes. Se genera desconfianza en el sistema, descontento con cualquier acción generada en los cargos públicos y una contundente mala concepción de aquellos lugares que deberían ser reconocidos por sus acciones, no por sus escándalos. Tan generalizada es la opinión negativa que se refleja en las encuestas año tras año que al preguntar por los miembros de las corporaciones, apenas algunos dicen que “dos o tres gatos” se rescatan dentro de un grupo que generó expectativas en la mayor parte de los ciudadanos.
El problema puede ser falta de diligencia de los elegidos o de sus equipos de prensa, pero al final para la gente es indiferente. Cuando no se ve acción en un político o responsabilidad con sus electores, es probable que muchos vicios terminen repitiéndose para lograr una reelección que no debería realizarse. Es hora de asumir compromisos con los electores y con los cargos. Es el mejor principio para acabar con injerencias indebidas en la política, con polarizaciones innecesarias y con los partidos de juguete.
Sin embargo vivimos en una sociedad donde terminan siendo los más criticados. Donde se escuchan voces que exigen que al menos vayan a las sesiones para que no parezca que los impuestos son despilfarrados en sueldos improductivos, donde los escándalos administrativos salen cuando cualquiera busca, o cuando es evidente que en buen número se relacionaron con grupos al margen de la ley para llegar a la curul en el capitolio, o en el cabildo, o en el concejo.
Además de las conocidas irregularidades que se cuentan en las corporaciones públicas, que enlutan a cualquier administrador por descaradas y evitables, aparece aquello que podría llamarse desempeño, cumplimiento de las labores o satisfacción de los electores. El problema en torno a esto es que muchos de los elegidos entienden la posesión como la carta blanca para usufructuar las arcas del estado sin siquiera cumplir un horario, que muchas veces no empieza antes de las 9 de la mañana.
El significado del descalabro de las funciones de los elegidos por voto popular llega a cada uno de los votantes. Se genera desconfianza en el sistema, descontento con cualquier acción generada en los cargos públicos y una contundente mala concepción de aquellos lugares que deberían ser reconocidos por sus acciones, no por sus escándalos. Tan generalizada es la opinión negativa que se refleja en las encuestas año tras año que al preguntar por los miembros de las corporaciones, apenas algunos dicen que “dos o tres gatos” se rescatan dentro de un grupo que generó expectativas en la mayor parte de los ciudadanos.
El problema puede ser falta de diligencia de los elegidos o de sus equipos de prensa, pero al final para la gente es indiferente. Cuando no se ve acción en un político o responsabilidad con sus electores, es probable que muchos vicios terminen repitiéndose para lograr una reelección que no debería realizarse. Es hora de asumir compromisos con los electores y con los cargos. Es el mejor principio para acabar con injerencias indebidas en la política, con polarizaciones innecesarias y con los partidos de juguete.
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