Aunque cualquier ciudadano del mundo podría llegar a escandalizarse por los enfrentamientos entre los poderes en nuestro país, es un suceso que se repite en todas las formas democráticas del mundo porque hace parte del principio mismo de balance de poderes. Lo que no es propio son las acusaciones sin asidero y los desplantes que se repiten semana tras semana, como si estuviésemos en medio de una pataleta en el salón de cualquier colegio de nuestro país. Los problemas vienen de parte y parte, cuando jugando a sacar pecho para defender una posición, desconocen la validez del interlocutor con el que se enfrentan.
Sin embargo hay que insistir en que el asunto no es el enfrentamiento. El problema radica en que no hay un árbitro que pueda hacer el contrapeso a los dos poderes para acabar con el lenguaje exagerado que utilizan las partes. La repartición tripartita supone que hay tres lugares diferentes en el aparato del Estado, pero en el nuestro no aparecen sino dos en la televisión. Y eso es suficiente para llegar a pensar que no existen.
Si preguntar a los colombianos fuese un mecanismo de control político, en este país hace rato se habría cerrado en Congreso; o si como fuente de gestión de los gobiernos hubiese existido algo que evaluara el trabajo en los periodos legislativos, ningún presidente habría superado la imagen de Samper en los años del elefante. El Congreso en Colombia es el organismo menos querido por los colombianos, como lo han demostrado las encuestas en los últimos años, y mientras se siga haciendo evidente que se puede llegar a dormir al Capitolio para recibir los 18 millones, no habrá nadie que logre acabar con la pésima imagen que ratifican a diario los honorables parlamentarios.
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