El debate sobre el llamado voto preferente se ha revivido en los últimos intentos de reforma política que se han propuesto en nuestro país.
El verdadero beneficio que surge del voto preferente es la posibilidad de mantener la mediocridad ideológica dentro de los partidos políticos. La presencia de los gamonales que tanto dicen haber atacado en la politiquería de nuestro país se modifica con los medios, cambiando el tradicionalismo por la opinión pública que brinda apoyo a proyectos individuales. Es el caso de las grandes votaciones que se lograron en el Congreso que sigue descansando, porque los partidos no han ofrecido ninguna opción real para los colombianos.
Ahora las grandes reuniones colectivas se traducen en la búsqueda de la figura que habrá de encabezar las listas, no de los objetivos o estrategias que esgrime un partido para convertirse en opción real de poder. La coyuntura actual nos envolvió en la postura eterna de los oficialismos y las oposiciones que se encargan de borrar los vestigios de argumentos serios que puedan acercar los partidos a la gente, o al menos de proyectar ideas que generen simpatía entre los electores. Nos quedamos con las caras en el tarjetón, porque pensar un poco más allá se volvió un imposible en nuestro sistema político.
Al gobierno no le gusta la idea porque los partidos oficialistas saldrían debilitados con el escándalo actual si deben venderse las marcas comunes que encierran a los partidos. Es más beneficioso postular a personajes como Martha Lucía Ramírez o Gina Parody, que vender la idea del partido de
Estamos en la misma política de gamonales que hace 50 años, pero convertidos en figuras públicas. Eso beneficia a los partidos, a los políticos y finalmente a los electores que no tienen que pensar para tomar una decisión. Sólo sale lastimado el sistema democrático de nuestro país porque insistimos en mantenerlo atado a unos partidos políticos que enarbolan un color detrás de los figurines, pero que poco dejan en el fondo.
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