Los colombianos nos hemos acostumbrado a vivir con verdades que muchos conocen, pero que nadie defiende. Hablamos con propiedad desde los calificativos morales, juzgamos a priori todo principio político y a todo político, dibujamos diferenciaciones cuando queremos diferenciarnos de algunos pocos que toman la decisión de tomar una decisión. Somos vergonzantes de nuestra política pero queremos que la política nos arregle la vida, nos escandalizamos cuando alguien dice lo que sabemos que sabemos, pero que no debía decirse porque que vaina saber que se sabe. Parece que nos gusta comernos las verdades, o lo que es peor, decirlas y creerlas a medias.
El triste episodio del Representante Castro Caicedo no es más que la demostración de las fallas de un sistema de salud que cuenta con pocos recursos, pero que algunos defienden a capa y espada aunque las evidencias demuestren lo contrario. Todos sabemos de los problemas del sistema, de la falta de ambulancias y de la poca celeridad de la atención. Pero después de un par de días de bombo por unas motos que poco se ven, todo queda allí, como si nunca se hubiese sabido.
Es evidente que todos los partidos que hoy hacen parte del oficialismo se vieron beneficiados por la figura del Presidente. Que cedieron en sus aspiraciones para apoyarlo esperando participaciones burocráticas, que el clientelismo persiste y se multiplica. Si todos lo sabemos para qué romper en llanto exigiendo rectificaciones en medio de un desastre partidista que se evidencia a gritos cada semana. Es una de esas verdades que se niegan porque sí, que nadie quiere escuchar pero que todos conocen. Otra cosa diferente es la propuesta de disolución, lejana de las realidades de un país como el nuestro, pero quizá propia de una solución psiquiátrica –o reeleccionista- que aún no es clara para nadie.
Los implicados en el escándalo de la parapolítica niegan todos los cargos hasta que son sentenciados, los paramilitares y las guerrillas controlan presupuestos mientras nadie dice nada. Nos callamos lo que sabemos para no enfrentarnos a las consecuencias de saber, preferimos ser cómplices en silencio para evitarnos problemas que no tenemos, aunque terminen por ser más graves los que se generan por dejar pasar las cosas que nadie debería dejar pasar. Enfrentar eso es más importante que una reforma política, pero es posible que para muchos sea mejor dejarlo así porque solucionarlo requiere más que trastear un par de curules o votar para cambiar aquello que no existe más allá del papel.
El triste episodio del Representante Castro Caicedo no es más que la demostración de las fallas de un sistema de salud que cuenta con pocos recursos, pero que algunos defienden a capa y espada aunque las evidencias demuestren lo contrario. Todos sabemos de los problemas del sistema, de la falta de ambulancias y de la poca celeridad de la atención. Pero después de un par de días de bombo por unas motos que poco se ven, todo queda allí, como si nunca se hubiese sabido.
Es evidente que todos los partidos que hoy hacen parte del oficialismo se vieron beneficiados por la figura del Presidente. Que cedieron en sus aspiraciones para apoyarlo esperando participaciones burocráticas, que el clientelismo persiste y se multiplica. Si todos lo sabemos para qué romper en llanto exigiendo rectificaciones en medio de un desastre partidista que se evidencia a gritos cada semana. Es una de esas verdades que se niegan porque sí, que nadie quiere escuchar pero que todos conocen. Otra cosa diferente es la propuesta de disolución, lejana de las realidades de un país como el nuestro, pero quizá propia de una solución psiquiátrica –o reeleccionista- que aún no es clara para nadie.
Los implicados en el escándalo de la parapolítica niegan todos los cargos hasta que son sentenciados, los paramilitares y las guerrillas controlan presupuestos mientras nadie dice nada. Nos callamos lo que sabemos para no enfrentarnos a las consecuencias de saber, preferimos ser cómplices en silencio para evitarnos problemas que no tenemos, aunque terminen por ser más graves los que se generan por dejar pasar las cosas que nadie debería dejar pasar. Enfrentar eso es más importante que una reforma política, pero es posible que para muchos sea mejor dejarlo así porque solucionarlo requiere más que trastear un par de curules o votar para cambiar aquello que no existe más allá del papel.
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