lunes, 26 de mayo de 2008

HORA DE LAS RESPONSABILIDADES

Nos hemos acostumbrado a discutir la mejor forma de fortalecer los partidos políticos en medio de nuestra manera de hacer política. La Constitución de 1991 abrió el camino para ampliar el espectro político que añorábamos pero para el que nunca los partidos estuvieron preparados, siendo pocos los que construyeron un ideario suficiente para lograr diferenciarse de las microempresas electorales. La reforma de 2003, un intento de fortalecer a los partidos, fue la opción para evitar asumir las responsabilidades de no haberse constituido como cuerpos razonables de representación ciudadana. La Encuesta de Cultura Política publicada esta semana por el DANE no fue más que la muestra de la inutilidad de las estrategias políticas adoptadas, y de paso de la Reforma de 2003.


Decir que el 44.41% de los colombianos no confía nada en los partidos políticos es una cuestión que puede generalizarse a Latinoamérica, y entenderse en nuestro país luego de los casos de corrupción y parapolítica que son discutidos en nuestra cotidianidad. Incluso algunos deberían celebrar el 9.57% que dijo confiar en ellos totalmente. Sin embargo, existe una gran diferencia entre esa falta de confianza y el 68.21% de los colombianos que dijo no simpatizar con algún movimiento o partido político. La confianza es una cosa recuperable, pero no tener simpatizantes es una cosa diferente.
A eso le podemos añadir que el 34.14% de aquellos que dijeron simpatizar con algún movimiento o partido político aseguró que lo hace por tradición familiar, lo que se entiende como una simpatía extendida, y que a la larga es una forma de identificación familiar más que partidista.

El problema es significativo y señala a todas luces una incapacidad real de los partidos políticos para lograr simpatizantes a través de los idearios y no de las personas que se ponen la camiseta del color representativo. Es la punta del iceberg de un problema de cultura política al que nadie le propone soluciones y cuyos efectos hoy pueden entreverse en la crisis de legitimidad del Congreso de la República, o incluso, en la rimbombante parapolítica o en la apenas naciente farcpolítica.


Es la hora de que todos los partidos, sin excepción alguna, empiecen a evaluar su responsabilidad en la crisis actual, no con medidas coyunturales que amainen los efectos mediáticos, sino con reformas de fondo que tal vez logren hacer recordar a la gente que los partidos sirven para algo más que llenar las paredes de papel en épocas electorales.

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