martes, 17 de noviembre de 2009

OTRO MITO

Si como escribí la semana pasada Uribe es un mito, hay que decir que no es el único que tiene nuestro país, y mucho menos el más peligroso que tiene que enfrentar nuestra democracia. Si bien es cierto que el poder concentrado en una persona magnifica los riesgos cuando supera la barrera de las creencias, las historias que se toman como verdades son mucho más peligrosas cuando éstas se asumen como formas de ver el mundo.

Podríamos empezar con el mito de la izquierda en nuestro país. Nuestra cercanía histórica con los Estados Unidos y las guerrillas colombianas han llevado a la satanización de cualquier forma de izquierda en nuestro espectro político. Hoy hablamos de lo que ha logrado el Polo, pero la historia de la izquierda política en nuestro país tiene más de 80 años de historia con el Partido Comunista y nunca se ha tenido en cuenta.

Si bien es cierto que el mundo ha cambiado y que mientras para nuestros padres y abuelos la izquierda es una abominación, para los hijos y nietos parece ahora un poco más amable y realizable. Ya la izquierda ha logrado cargos de poder, mostrando que es posible llegar a mirar desde el otro lado del mundo. Sin embargo la errónea facilidad con la que los principios se mezclan con las burocracias y las intransigencias, además de las cercanías con los radicalismos que nos rodean, hacen que sea posible que se pierdan los avances logrados por culpa de unos pocos.

Por allí es donde se refrenda el mito. ¿Cuántas veces suena en la calles que Lucho y Moreno cuando llegaron al poder se olvidaron de la izquierda? En este país se sigue considerando que la izquierda es incapaz por sí misma; y la izquierda se ha encargado de alejar a sus representantes en el poder del seno del Partido. Sobre todo con el discurso de que se pueden acercar pero el Partido nunca va a cambiar.

Esa es la magia y el peligro de los mitos. Es tan difícil crearlos, pero tan difícil olvidarlos o cambiarlos, que todas las acciones que se hacen siempre terminan recordando lo mismo. Además con la complejidad que se presenta cuando el mito se crea por el sujeto en sí mismo. O ¿acaso no es cierto que la izquierda a buscado pretender que es lejana a la política tradicional cuando las jerarquías y las burocracias internas son peores que las del Partido Conservador?

EL MITO

La verdad es que en nuestro país Álvaro Uribe Vélez es más que el Presidente de Colombia. Se ha convertido en un Mito. Y no uno de los mitos cosmogónicos de la creación de los chibchas o de cualquiera de las culturas precolombianas, sino un mito de los que se convierten en formas de vida, en la concepción a través de la cual todos los fenómenos que ocurren tienen un único punto de vista. Eso es Uribe, una forma de ver el mundo.

A tal punto hemos llegado a mitificar a nuestro Presidente que ya es él el único apto para gobernarnos, tiene razones que no entendemos pero que defendemos como si fueran propias y está tan sólo que es el elegido que tiene una mente superior. Desde que llegó a la Casa de Nariño ha logrado fortalecer su posición como único poseedor de las verdades, de los futuros de la Patria, de las esperanzas de un montón de personas. Eso es Uribe, es el salvador que muchos encontraron.

El problema es que Uribe no es más que “carnitas y huesitos”. Mejor dicho, es un tipo común y corriente, tanto como usted y como yo. Pero eso se nos ha olvidado, y con sus maratónicas jornadas lo terminamos viendo como ese colombiano que quisiéramos ser. Por eso a la larga le terminamos perdonando todo, y por eso existe ese estremecedor efecto teflón que se mantiene a pesar de los innumerables problemas.

Pero más allá de lo bueno o lo malo de la mistificación, lo grave es que Uribe terminó creyéndose un mito. Es pastor de rebaño, consejero matrimonial, notario y hasta filósofo. Con esa creencia terminó entrometiéndose en todos los aspectos de la vida de los colombianos hasta convertirse en un ser necesario, por el que se justificar quebrantar todo lo existente. Porque lo que importa es él.

Pero digamos que eso puede suceder. El drama es que nuestros candidatos presidenciales siguen en sus campañas tratando de enfrentar al las carnitas y a los huesitos o a las ideas que repite en todos los consejos comunitarios. Ninguno se ha sentado a pensar cómo se puede cambiar un mito, cómo hacer para que las amas de casa no lo quisiesen invitar a cenar o los abuelitos a compartir un tinto. Se han quedado todos en Álvaro Uribe, nunca en la forma como los colombianos terminaron asimilando su imagen. Así, no hay pero que valga, tendremos Uribe incluso si Uribe no quiere.